
No era bella:
pero la recuerdo;
mientras pretendo retener la lluvia:
conjurar su apacible embrujo;
cada fugaz primavera.
No era bella:
pero su sombra aturdida
rasga mis ojos;
demarcándome la oscuridad
que me envuelve como el abrazo,
de un amor olvidado.
Murmura su melodía cada amanecer;
que como ciega caricia:
mengua mi deslucido cielo.
Sus lágrimas;
como rústicas caricias,
ruedan sobre mis pensamientos:
desbordando su sollozo desconsolado.
No era bella:
solo era la tapia escarlata:
que incendiaba la nula ambición,
del pincel del maestro.
Un día ataviada de chispas:
encubrió su figura refulgente.
Como el día;
se convirtió en luctuosa sombra.
Hoy; habita en marchitos recuerdos.
Su vaga presencia turba mi realidad;
lastimando mi paz,
desbordándome en llanto:
que se confunden con esta lluvia;
que me conjura en su apacible embrujo.
No era bella:
simplemente fue mi madre.
